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Quién se sacrifica por México...

Ñáñaras vaporosas, atraviesan la escarcha como colores opuestos que se encuentran para formar el amargo caos. Vergüenzas líquidas, transportadas por riachuelos.

Ingrato es quien piensa en la guerra;
y vulnerable quien se endeuda con paz.

Escuchen cómo muere la naturaleza, observen el rojo sobre verde. Que se derrumben las columnas de mimbre y mi carne se abra rajándose lentamente hasta pudrirse.

Quién se sacrifica por México, quién;
pero que no use las palabras como arma.

La bandera anarquista...

*
Negro, negro, negro... El pueblo.
Amarillo, amarillo, amarillo... Nuestra tierra.
Rojo, rojo, rojo... La guerra.
Muerte, muerte, muerte... Al fascismo.

Un miserable con el amor muerto...

Reluciendo el cuchillo aquella mañana, murió el amor. Intacto amor, murió conmigo. Destinado a morir, murió desangrado y desgarrado.
«¡Pobre amor mío, pobre de mí!»
Venid, buitres, comed el cadáver antes de la noche, antes que se pudra. No dejéis que huela, el amor ya está rendido. La herida está abierta.
«¡Amor impuro, podrido está!»
Alguien trajo flores y una corona de espinas, alguien lloró entre el público al verme tumbado en la cama. Luz tenue, luz azul color amor.
«¡Mísero amor, miserable yo!»

Donde hay herida, hubo pena...

Donde hay herida, hubo pena.
Dulce pena, que de ser placer no me acordase escribir. No comería más felicidad que cebolla y me girase las pieles si desaparece la pesadumbre. Empezaría las partidas que no acabé por pretender olvidar la tristeza.

De mi llanto triste gano la guerra cada noche. De la melancolía nacen ideas y esperanzas, brotando la semilla del surrealismo y las palabras fatales. Solo hay que cambiar la perspectiva, hasta en los sueños.

Lanzo la moneda al aire; cara es herida y cruz es pena. Si sale beso huyo pero si sales tú muero.

Donde hay herida, hubo pena...

El día que un psicopompo me guió...

Mi historia no es mía, hasta que no abran la boca de tela. ¡Calla, qué empieza!
Mi amor nació una noche de luna llena, de la absoluta oscuridad, un sueño ciego cayó una luz tenue; creando un riachuelo. Al reflejarse en el agua, se abrió mi mente y erosionó en forma de dos montes nevados.
He aquí el meandro de la obra, dos bailarines: Ella de blanco y él de gris. Bailaron toda la noche, un irrepetible vals, bajo una nebulosa losa de cristal. Llegó entreacto con una paloma en escena, y se van entre bambalinas:
— ¿Quién eres? — Nadie. — ¿Qué eres? — Quien te guía.
Y así empezó el tercer (y último acto): Sabiendo que el universo es censurable y triste.

Fin.