Aníbal abre las puertas al salir, escribe un diario sin páginas y guarda una foto mía en el bolsillo de atrás. Su reloj no cuenta las horas que pasa en la cachina y dicen que bebe para no olvidar.
Prometió quererme pasado mañana, ordena su armario cada eclipse lunar, viaja con la mochila abierta y nunca pierde las letras de sus canciones favoritas.
Aníbal baja la ventanilla en un submarino, le temen las pesadillas y mira el futuro de reojo. El diablo le regala su alma, se despierta cada once horas y miente con la verdad por delante.
Con fe inmoviliza montañas, sube los escalones de la contradicción, sus huellas no dejan huella cuando me tocan y muerde la serpiente en el Edén.
Huesos hermanos; baile en Puno…
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